Larga vida

Las instalaciones de Motorland han sido un auténtico hervidero de actividad este fin de semana. El complejo ha acogido nada más y nada menos que tres eventos diferentes. Por un lado, Autoclassic, una de las ferias del vehículo clásico más consolidadas de nuestro país. Por otro, una nueva edición del exitoso Motorland Classic Festival con un completísimo programa de actividades que incluía desde tandas hasta exhibiciones pasando por concursos y competiciones. Y por último, la X Recreación Histórica Memorial Angus Thomson y Javier Caso, llevada a cabo por la asociación Frente de Aragón.

Con semejante plantel casi no había excusa para no acudir al circuito aragonés a disfrutar de alguna de estas actividades, y allí que me dispuse. Tan solo pude desplazarme el domingo por la mañana y opté por disfrutar de la recreación. Por cierto, desde aquí un merecido reconocimiento a los cerca de 200 recreacionistas que tomaron parte en la actividad. Vivieron su afición con tremenda intensidad ayudando a quienes estábamos allí presentes a entender un pequeño fragmento más de la historia militar de nuestro país.

A lo tonto y sin conocer datos oficiales, estoy segura de que cerca de dos millares de personas visitaron el circuito aragonés a lo largo del sábado y el domingo. Seguramente hasta me quede corta. Pero estos datos, unidos a que tenemos uno de los mejores circuitos del mundo, con una organización de diez -tal y como atestiguan los premios recibidos-, y con un proyecto parejo tan interesante como TechnoPark, parecen no ser suficientes para muchas personas que siguen cuestionando la legitimidad de Motorland y se empeñan en matarlo.

En las últimas semanas he tenido oportunidad de hablar con bastantes bajoaragoneses vinculados al mundo del motor. Me contaban que tener un circuito como Motorland en la puerta de casa era un auténtico sueño hecho realidad. Personalmente no soy aficionada a la velocidad ni a la competición, y si soy sincera hasta hace bien poco ni había pisado el circuito. Pero a raíz de estar en contacto con la gente que da vida a este mundo, de haber visitado el complejo y de haberme informado más sobre él, me he cerciorado de los beneficios que Motorland trae hasta esta tierra.

El complejo deportivo da trabajo tanto de manera directa como indirecta al Bajo Aragón con el consiguiente beneficio económico; y sí, es cierto que hay aspectos mejorables que permitirán al circuito brillar todavía más empezando por las comunicaciones, pero acabar con él sería condenar al territorio al ostracismo.

“Si nos quitan las minas, la térmica y Motorland, el siguiente paso es que construyan un muro bien alto y dejen que nos muramos de hambre”. Esta dura frase, dicha por uno de esos bajoaragoneses a los que entrevisté, define el sentir de una parte de la sociedad local. Otros se mantienen indiferentes, algunos simplemente en contra, y otra parte expone que la inversión de Motorland bien hubiese sido más útil en otros recursos tan necesarios como un hospital. Y es cierto. Hace falta un hospital como Dios manda en esta tierra, pero… ¿de qué nos servirá si dejamos que la gente se vaya a vivir a las capitales porque en las zonas rurales no hay trabajo? ¿A quien atenderá ese hospital? Sin jóvenes… ¿no valdría más la pena invertir en geriátricos que en hospitales?

Creo que va siendo hora de que dejemos de tirarnos piedras al tejado, nos queramos un poquito más y unamos fuerzas para sacar adelante este territorio. Tenemos mucho potencial, tan solo tenemos que creérnoslo. ¡Larga vida!

Nunca es tarde

Hoy vengo a compartir contigo una historia de esas que dejan huella, no por su singularidad sino porque está cargada de fuerza y de mensaje positivo, el que invita a pensar que nunca es tarde mientras haya vida. Apenas fue una conversación de un par de horas, pero hubiese querido permanecer escuchando las ideas y devenires de esta fémina extraordinaria durante toda la noche.

Esta es la historia de una mujer valiente que nació en un entorno rural de un país recién devastado por una guerra fratricida. La contienda marcó su destino, al igual que lo hizo con millones de españoles. El tiempo de la libertad había quedado atrás, sepultado bajo el poder impuesto por la dictadura franquista, aquella que se encargó de lavar conciencias y anular el pensamiento crítico. La misma que sembró el miedo y el silencio. Ahora ya no era tiempo de pensar. Aquel era tiempo de depurar, de callar y de acallar.

En ese contexto se sitúa la infancia, la juventud y la adultez de esta mujer que con apenas once años tuvo que dejar atrás a su familia en el pueblo para trasladarse a Barcelona donde sirvió durante un tiempo en casa de una familia acomodada. Muchas mujeres corrieron ese mismo destino viéndose relegadas a la única tarea de servir, apartadas de la educación escolar y recluidas en el hogar. Esta realidad no impidió que ella ansiase conocer y saber. Cultivó su mente con viajes y cientos de lecturas, muchas de las cuales habían sido cercenadas por la mano de la censura. Durante nuestra charla confesó que la primera vez que leyó Jane Eyre no entendió nada. La censura se había encargado de suavizar a la subversiva Jane hasta desvirtuar la historia.

Se convirtió en esposa y madre, y el tiempo pasó al igual que, por fortuna, lo hizo la dictadura. Las libertades florecieron y poco a poco los españoles recuperaron lo que les había sido arrebatado.

Años después llegó para ella la madurez con su perspectiva, y el momento de la “ansiada” jubilación, esa que dispone todo el tiempo en tus manos a la vez que anuncia el ocaso. Era su momento. El franquismo le había robado su niñez, su juventud y sus derechos, sin embargo y como bien dijo, sus pensamientos, su inquietud interna y sus ganas de saber habían permanecido inalterables. Comenzó a estudiar y a nutrir su intelecto a través de formaciones y cursos impartidos por centros cívicos, escolares y universidades de su ciudad de adopción. Y lo continúa haciendo hoy en día acudiendo a las aulas a sus envidiables 77 años. Está al día de todo, no sólo a través de los medios de comunicación sino también a través de Internet. Debate con una sabiduría que fascina, y maneja el i-Phone con una soltura envidiable que muchos ya quisieran para sí. Se confiesa adicta a las nuevas tecnologías. Reconoce en ellas un gran poder, inimaginable hace 77 años cuando el telón del régimen franquista dañó gravemente el pensamiento crítico de generaciones de españoles que crecieron ajenos a la verdad que había divido su nación. Por suerte, esta historia al igual que la de su país han demostrado que nunca es tarde para retomar, remontar, alzar la cabeza y dar un paso al frente.

Sabor a pueblo

Agosto se nos escapa como agua entre las manos, esa que tan bien ha refrescado nuestros sofocos este verano en piscinas, ríos y playas. La época estival, amada y odiada a partes iguales, está llegando a su fin y me da mucha pena. Con ella no sólo se acaba el calorcito -agradable sin exceso-, los chapuzones, el terraceo, los paseos al atarceder y las “frescas” nocturnas; sino que nos vemos obligados a decir adiós a esas inigualables fiestas de verano que durante este mes han inundado de alegría y diversión decenas de rincones a lo largo y ancho del territorio. Así ha sucedido en mi pueblo: Calanda. Particularmente he de decir que me encantan las fiestas con sabor a pueblo. La localidad se llena de gente, los vecinos se muestran más alegres, más felices, y de repente, la vida parece que se relentiza, se relaja y todo fluye mejor. He vivido las últimas fiestas de verano de Calanda con toda la intensidad posible. Sin embargo, las he visto desde otra perspectiva distinta -es lo que tiene tener a un pequeño de 16 meses en casa-. He salido a ver los cabezudos -los quintos no han defraudado con esas carreras a pleno sol- y he sentido una dicha tremenda viendo como la cara de mi hijo resplandencía de felicidad al ver esas figuras de cartón-piedra, las mismas que yo admiré y temí a partes iguales en mi infancia. Seguían portando aquella vara que mágicamente desata la adrenalina entre los niños -bendita ignorancia-. Todo ello aderezado por el sonido inconfundible de la charanga, que hasta hizo bailar tímidamente a los más retraídos. Durante las tardes, el pueblo enmudecía. Se notaba el estrago de las fiestas estivales. ¡Allí todo el mundo estaba planchando la oreja!. La última tarde de fiestas tuvo lugar otro acto tradicional: las carreras pedestres. Los más pequeños del lugar disfrutaron en la centenaria plaza de toros corriendo y compitiendo contra sus iguales. De nuevo, sus rostros infantiles demostraban que la felicidad se encuentra en las cosas más sencillas de la vida.

Aún con todo, también tuve tiempo de disfrutar de los actos nocturnos como la jota o las verbenas, esas que desde que se celebran en la plaza de España -aplaudida iniciativa del Ayuntamiento- parece que tienen otro color, otro cariz más cercano, más familiar. Las fachadas de los edificios ubicados en la plaza, iluminados por las luces de colores de la discomóvil, parecen abrazar a los calandinos que allí se congregan disfrutando de la amistad y la familia. Sin duda, unas fiestas para recordar. Ahora toca esperar a que llegue octubre cuando Calanda entera se vestirá de gala una vez más.

Poder elegir

¿Se acuerdan del bebé de Bescansa? Ese que escandalizó a media España al verlo en el congreso y que siendo amamantado. Fuera de toda polémica, que considero del todo desmesurada, el gesto logró reabrir el debate sobre conciliación laboral y familiar. Sin embargo, tan rápido como se abrió se volvió a cerrar y todo quedó en papel mojado. La pasada semana fue la reina Letizia la que puso el acento sobre el tema en la entrega de los XXV Premios FEDEPE manifestando la obligación de plantear un debate serio para ayudar a que las mujeres tengan la libertad de elegir lo que desean y tengan la tranquilidad de que podrán conciliar familia y trabajo. “Es muy simple decirlo pero llevamos siglos sin poder elegir el hacer compatible la carrera profesional con la educación y crianza de los hijos”, expresó. Sin embargo, a pesar de la gran verdad que llevan sus declaraciones me temo que se van a quedar en eso, en palabras que se lleva el viento. Es triste ver como a pesar de que las encuestas manifiestan que la sociedad considera un problema el tema de la conciliación, nadie se pone las pilas y comienza a legislar en serio al respecto.

Todos los partidos llevan medidas supuestamente conciliadoras en sus programas políticos como dejar a los bebés de 0 a 3 años en guarderías. Yo oigo estas propuestas y me da la risa. ¿De verdad piensan que lo que una madre desea es dejar a su hijo con unos desconocidos con tan sólo 16 semanas de vida, que es el periodo que la ley contempla como baja maternal? Y esto sin entrar en la incongruencia de la lactancia materna que según la OMS debe durar hasta mínino los primeros seis meses de vida del bebé. No obstante, el estado entiende que con tres meses y medio es suficiente, y que después es la madre quien debe buscarse la vida si quiere seguir amamantando.

Señorías, que un bebé necesita a su madre, y no es por capricho créanme, es por pura supervivencia. Y lo que las madres quieren es poder estar ahí cuidando y educando a sus hijos. No quieren verlos a la hora del desayuno y no estar con ellos hasta la noche. No quieren que sean otros quienes les den de comer o les ayuden con los deberes, ni que sea la caja tonta la que les entretenga tras la salida del colegio. Pero, desde luego, lo que no quieren es cuidar de sus hijos a costa de cargarse su futuro laboral. Por ello, son necesarias medidas reales que amparen legalmente la decisión de las madres y les permitan poder cuidar de sus hijos sin renunciar a sus trabajos. Porque todavía hay mucho temor a acogerse a las escasas políticas de conciliación que existen hoy en día como las excedencias, los permisos de lactancia o las reducciones de jornada. Tienen miedo a quedarse en la calle, a que se cierren puertas y a lo que la sociedad diga de ellas, porque desgraciadamente hoy en día si una mujer decide postergar durante unos meses o unos años su esfera laboral para dedicarse de manera íntegra a la maternidad es tildada cuanto menos de insensata.

Flexibilizar, racionalizar y compatibilizar los horarios de trabajo con los escolares; fomentar el teletrabajo en caso de ser posible o reducir las jornadas laborales y los tiempos de descanso y comida para poder llegar antes a casa, son propuestas que no deben faltar en las agendas políticas. Las empresas deben empezar a valorar el trabajo de acuerdo a la eficiencia de un empleado y no a las horas que éste eche en el puesto de trabajo. Urge proteger la maternidad igualando los derechos de las madres autónomas frente a las asalariadas, y aumentando los permisos de maternidad, materia en la que los países nórdicos van muy por delante con hasta 56 semanas de baja. Y más vale que sus señorías se pongan manos a la obra a la mayor brevedad, porque los nacimientos continúan cayendo en picado. En 2015 la tasa de mortalidad superó por primera vez a la de natalidad desde que se registran este tipo de datos demográficos en España. El sistema de pensiones agoniza y sólo la natalidad puede evitar su quiebra, si es que aún se está a tiempo. España se queda sin niños, y sin ellos no habrá futuro. ¡Espabilen por favor!

 

Al pie del volante

Suena el timbre y abro la puerta. Ya tengo el paquete en mis manos. Apenas han trascurrido 24 horas desde que lo pedí. Parece cosa de magia. Esta celeridad me hace reflexionar. Es increíble observar cómo ha evolucionado la logística en los últimos tiempos. Según la Encuesta Permanente del Transporte por carretera publicada por el Ministerio de Fomento, el sector español de transporte de mercancías por carretera movió un total de 304,86 millones de toneladas durante el primer trimestre de 2016. Ahí es nada.

El del transporte siempre ha sido un sector de vital importancia para la sociedad, haciendo llegar a cada rincón todo lo que allí se necesitaba. Sin embargo, hoy en día ha cobrado una importancia transcendental. Nuestro mundo actual no se entendería de la misma manera sin la existencia del transporte. Más incluso con el potencial de Internet que nos permite adquirir cualquier tipo de artículo sin movernos de nuestro sofá. Las compras online se multiplican cada año de forma exponencial siendo una realidad impensable sin la existencia del transporte, último eslabón de la cadena.

Vamos al supermercado y en él encontramos surtidos infinitos de productos, y seamos sinceros, la gran mayoría de ellos no son ni mucho menos de kilómetro cero, también llamados de proximidad. En ocasiones, lo alimentos viajan cientos y hasta miles de kilómetros para llegar al consumidor final. Sería imposible llevarnos a la boca un plátano canario si previamente el transportista no hubiese hecho su trabajo. Y a ellos me refiero, a esos profesionales en la sombra que desafían día tras día a la carretera para acercar hasta nosotros no sólo todo tipo de mercancías sino también a las personas.

La pasada semana tuve la oportunidad de conversar con varios profesionales del sector. Estaban preparando su día grande, el del patrón San Cristóbal, y había que documentarlo. Fue la oportunidad perfecta para adentrarme en un mundo bastante desconocido para mí, a pesar de que no son pocas las personas de mi entorno que se dedican a él. Los chóferes de camiones, autobuses, furgonetas y todo tipo de transportes por carretera se enfrentan cada semana a duras jornadas de trabajo. No sólo permanecen largas horas aferrados a un volante sino que además, lo hacen solos, con la única compañía de la radio y de sus propios pensamientos. Todos destacaban que permanecer lejos de sus familias era de lo más difícil. La falta de la higiene deseada, de una mesa con comida caliente, de una cama confortable o de la conversación con los tuyos al final del día eran pruebas en el camino. Escuché cómo se adolecían e intenté averiguar el por qué, a pesar de todo, seguían dedicándose a conducir. Ahí llegó la revelación. “Esto no es sólo una profesión, es una vocación. Se lleva en la sangre”, me decían con orgullo. Descubrí que la conducción es algo realmente adictivo para ellos. “Esto te engancha y ya no puedes dejarlo”. Y así es. Ser transportista no es sólo una manera de ganarse el sustento, es un auténtica forma de vivir y de existir totalmente indispensable para que nuestro modo de vida siga siendo el que es. Gracias por ello a todos los chóferes y que San Cristóbal, vuestra prudencia, respeto y buena conducción os concedan un camino seguro y os permitan volver siempre junto a los vuestros.

Manténganse en sus trece

Seguro que mucho de ustedes conocerán la frase “sigue en sus trece”. Lo que más difícilmente sabrán es que dicha expresión fue acuñada gracias a la obstinación y al empecinamiento de un aragonés hace más de cinco siglos, así lo explica una de las teorías más sólidas respecto al origen de la expresión. Él fue Pedro Martínez de Luna, a quien la Historia bautizaría como el antipapa Benedicto XIII o Papa Luna. La crónica de este hombre es cuanto menos curiosa y digna de ser conocida, precisamente en esta semana en la que se cumple el 593 aniversario de su muerte. Nacido en Illueca a finales del primer tercio del siglo XIV, perteneció a una familia aristocrática y como segundón que era inició la carrera militar, aunque pronto viró su destino hacia la carrera eclesiástica donde alcanzó el máximo escalafón: el papado. Le tocó vivir el Cisma de Occidente, una época convulsa para la Iglesia Católica al tornarse bicéfala durante muchos años contando con un papado en Roma y otra en Aviñón (Francia). Benedicto XIII fue elegido Papa en Aviñon tras la muerte de Clemente VII en 1394, en medio de una serie de disputas internas marcadas por la ambición y el poder de la Iglesia Católica, que llegó a estar dirigida por hasta tres Papas de manera simultánea, siendo uno de ellos el Papa Luna. El Concilio de Constanza logró poner fin al cisma deponiendo a los tres Papas y entronizando a Martín V. A pesar de las presiones recibidas, Benedicto XIII nunca renunció a su cargo y se “mantuvo en sus trece. Se retiró al castillo de Peñiscola, donde falleció en 1423.

Pedro de Luna no dio su brazo a torcer, a pesar de que todo estaba en su contra, nunca cesó en su empeño ni rebló en su intención. Esa tozudez, tenacidad y perseverancia, tan necesarias hoy en día para lograr sacar adelante nuestros deseos y nuestros proyectos, son las mismas actitudes que manifiestan día a día los empresarios, autónomos y trabajadores del territorio bajoaragonés. Ellos pelean como auténticos leones, con garra, para defender los suyo y sacar adelante sus negocios en un coyuntura económica, política, y social que no se lo está poniendo nada fácil.

Y hoy, esta misma noche, algunos de estos hombres y mujeres valientes recibirán en Ariño una recompensa en forma de galardón. Un premio que no ha sido decidido por ningún jurado especializado, sino por la propia sociedad, sus vecinos. Algo que no hace más que incrementar el valor moral de este reconocimiento, sabiéndose los galardonados queridos, valorados y respetados por sus conciudadanos bajoaragoneses. Será en la gala de los Bajoaragoneses del Año, organizada por el grupo de comunicación La Comarca, que durante sus 29 años de historia ha puesto en valor el periodismo de cercanía siendo altavoz de las pequeñas y de las grandes historias que han acaecido en el Bajo Aragón Histórico, ese que estamos empeñados en preservar y dar vida con el mismo tesón con el que el Papa Luna defendió su posición.